FUJIYAMA

Fujiyama en Aragonés, significa Moncayo, el cual es un monte en mitad de la frontera que separa Aragón de Castilla de 2.314 m, que pertenece a ambas regiones y que te marca cuando hay nieve en el Pirineo, ya que entonces está nevado.

Es una zona no ampliamente conocida, con pequeñas carreteras comarcales que la circunvalan, atravesando puertos y bosques que decoran perfectamente la zona.

Una vez dibujado el escenario, pasamos a describir lo que se siente al acercarse a él, hoy por la mañana: FRIO.

A las 8:30:00 salía con mi Suzy de Zaragoza, rumbo al Mesón del Aceite, a los pies del Moncayo, lugar donde además de ser una Almazara que prensa las olivas de la zona de las que sale un aceite estupendo para hacer huevos fritos, entre otras cosas, tiene un mesón con sutiles delicatessen como torreznos, jamón, quesos…. Y el “Maná” que hace crecer nuestro “padre” el Moncayo, La Garnacha, una uva tinta excepcional que en combinación con huevos (los fritos), el jamón, el pan y los torreznos, hacen que se genere la energía suficiente como para pasar del Frío al Calor en tres untadas y cuatro tragos de vino.

Inciso teórico, a mi edad considero una tontería plantearte un viaje o salida dominical, simplemente por el paisaje, conducir, recorrer el mapa, etc. sino intercalas puntos de repostaje interesantes, desde el punto de vista gastronómico, sobre todo para los que van encima de la moto, que merezcan la pena para alimentar el espíritu y sobre todo el estómago, tan necesitado de buen trato como suele estar.

El Fujiyama

El MONCAYO (Fujiyama en japonés)

Una vez bien almorzado, con el Sol ya desplegado iluminando desde el SE al Moncayo y habiendo ascendido ostensiblemente la temperatura era el momento idóneo de hacer la foto de rigor, desencebollarse para ganar agilidad y salir a rodear por el Sur, Tabuenca y el puerto de La Chabola, para salir a Morata de Jalón pasando por dos sitios bonitos, el castillo de Mesones de Isuela y la plaza circular (casi) de Chodes (muy original).

Puestos ya en faena y manteniendo en lo posible las 6.000 rpm, para disfrutar del sonido de los cuatro cilindros, he recorrido esa carretera bacheada y con un poco de gravilla (como todas las comarcales de por aquí), encontrándome únicamente con dos grupos de ciclistas y con un coche tuneado negro, que se me ha cruzado en mitad del puerto a toda leche, con la ventanilla abierta y un insoportable ruido de ¿musica? Máquina.

Día precioso, con temperatura primaveral, solo en la carretera, a mi ritmo sin encorrer (ni que me encorrieran) a nadie, hasta llegar a la A-II, donde ha desaparecido la magia, encontrándome con una autopista vacía, cuyo único aliciente era contar el número de rayas discontinuas que iba pasando.

 

 

 

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